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Hay que leer más la Biblia (II): materialismo, fetiche y goce

El fin de las certezas y la torre de Babel

En Mateo 6:5-6 se incide en el aspecto íntimo de nuestra relación con Dios: “Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora á tu Padre que está en secreto”. Postulando en contra de quienes se priman a sí mismos y esperan usar el rezo como modo de ganar poder o prestigio “no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en las sinagogas, y en los cantones de las calles en pie, para ser vistos de los hombres”. Algo en la misma línea de fondo se manifiesta en Éxodo 20:4 “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.” Este recurso se ha usado muchas veces para hacer una crítica a la simbología de la Iglesia, crítica que en realidad carece de sentido desde ese punto de vista. Lo que se plantea en estos dos versículos no es que solo se pueda rezar bajo la cama o que no se pueda fabricar ningún tipo de símbolo, la imagen nuclear es la misma que recorre toda la psique cristiana: lo central es la relación con dios.

La cuestión con la oración y los símbolos no tiene tanto que ver con una suerte de prohibición esencialista, sino con un cuestionamiento de su sentido. Las representaciones alegóricas tuvieron sentido, por ejemplo, cuando se usaron para transmitir enseñanzas religiosas a los iletrados, son una forma muy directa de transmitir determinadas ideas; los lugares de culto, las peregrinaciones o muchas de las prácticas que implican experiencias de tipo religioso junto a otras personas son perfectamente compatibles con las ideas cristianas. El problema es cuando los sentidos se desvirtúan, cuando el símbolo se usa para masturbarse en el Yo o cuando lo que se pretende no es rezar sino que te vean hacerlo; cuando, en definitiva se rompe la cadena de significación del sujeto. En un escenario de desconexión con nuestro eje de articulación aparece la incertidumbre; el acto se convierte en un significante vacío que transfigura el resto de redes de referencia. Y esta es precisamente la idea del materialismo. La Biblia -y hay que tener presentes las resonancias que esta tiene en nuestra estructura de certezas- configura un espacio en que todo acto útil al yo es un acto hecho para el otro, pues el otro es equivalente al Ego en tanto que comparte su Yo ideal. Esto es, todo acto supone en última instancia un acto altruista para sí. Lo importante reside pues en la causa de este.

Uno de los principales mitos de trasfondo en la Biblia es el del progreso. Desde el “creced y multiplicaos” hasta la parábola de los talento, ya su propia narración es un ejercicio de crecimiento, de desarrollo… La cuestión es que todo esto se hace siempre centrado en Dios. Frente a este escenario nace una cuestión que, de no resolver políticamente puede suponer el fracaso de cualquier proyecto que se plantee un horizonte transformador en la actualidad: la fragilidad del arquetipo del progreso.

Ante esta situación, como ya nos advierte en el viejo testamento en Génesis 11:1-9 cuando habla de la Torre de Babel, la reacción es la de aferrarse a lo que otrora nos sirviera más allá de su sentido: si solo somos cuando progresamos, hemos de progresar para ser, más allá de la utilidad del progreso. El significante determina al significado y cuando se producen desplazamientos cambia la cualidad del signo, pero el significante sigue ahí (Lacan, 1999). La metáfora de Babel expresa como, cuando se desconecta con el significado  y se produce una articulación lingüística más allá de sí; cuando la torre crece solo por llegar al cielo, sin aspiración más que la suplantación de lo personal por la técnica, el lenguaje se desvirtúa y todo deja de tener sentido. Desde los años ochenta, y especialmente en la última década, Occidente está experimentando un aumento de la desigualdad que la sitúa en sus límites históricos. Los que más tienen cada vez tienen más mientras que la inmensa mayoría de la gente menor de treinta años sabe que vivirá peor que sus padres. Esta situación genera una ruptura entre la articulación de nuestra subjetividad y la realidad, desbocando una disolución semántica de las certezas; si aquello que nos explica como ser ya no es, nuestro yo se diluye.

En este sentido hay dos autores que aportan visiones bastante útiles: Bauman y Polanyi. Haciendo una lectura conjunta, se podría señalar que, si situaciones como la que se viene describiendo se producen, tiene que ver con una disolución del conjunto de las certezas. El imaginario del progreso, contaminado por el arquetipo del pecado original, se resquebraja, pero no lo hace solo. Los antiguos relatos objetivadores, que instituían sentido explicando a la gente quién es y quien no, a qué puede aspirar, a qué tiene derecho, se desvanecen. Las comunidades tradicionales se disuelven: movimientos del pueblo a la ciudad, desaparición de las tiendas de toda la vida, comunidades de vecinos cada vez más grandes en las que lo normal es no conocerse. Al mismo tiempo la economía no funciona igual, el mercado es cada vez más duro, hay más competencia, incluso las marcas cambian (Polanyi, 1944; Bauman, 2015). Al no poder identificarnos en torno a los viejos relatos, buscamos otros nuevos; se produce un desplazamiento de la solidaridad mecánica en el sentido de Durkheim a una suerte de micro-solidaridades: no hay un Yo ideal que sea capaz de abarcar a una sociedad vertebrada en la incertidumbre, de modo que este se multiplica para pasar a construirse a partir de nuevas contingencias en función de los grupos a los que cree. Y de aquí las identity politics: en un ejercicio de la más pura lógica masculina en el sentido lacaniano del término, estas microidentidades -en tanto que incompletas por su propia articulación- pasan a reclamarse como las únicas formas de subjetivación legítimas.

Aquí vuelve una resonancia entre la Biblia y el psicoanálisis. Adán y Eva son expulsados del Paraíso: no son suficientes a los ojos del padre, no son merecedores de este. Si el relato del Segundo Testamento es el del regreso del signo, el Primer Testamento es el de la vuelta al padre: del paraíso a la nada y de ahí a la Tierra Prometida, el sufrimiento en la huida de Egipto es necesario como purgatorio, esto es, para demostrar que se merece a Dios. Retomando a Freud, Lacan hace una analogía similar: el niño pasa de ser todo con la madre, de un estado de solución orgánica de su pesar, a darse cuenta de que el objeto de deseo de esta se mueve más allá de él; en términos reduccionistas da lugar a una narrativa en la que, pensándose insuficiente, el individuo se forja en la lógica fálica, la lógica de la necesidad de completarse para retornar a la madre. El falo, entendido como objeto de deseo se vuelve así el objeto de la certeza. Esta meditación, Bíblica y psicoanalítica recorre todo el abanico de articulación del sujeto. Es en este contexto, de choque entre una imposición pulsante de lo que pensamos que es racionalidad, y la pulsión en sí, en que aparece el fetiche, “un objeto fabricado, artificial, al que le correspondía un aura de magia y al que sus productores/adoradores atribuían propiedades sobrenaturales” (Ramas, 2015). La liquidificación, la falta de referencias constitutivas es tal, que se mística lo material-artificial, lo inmediato. Esto ocurre en una búsqueda del otro: no se desea lo material por uno, sino por lo que el efecto de esto produce en el otro. Pero ocurre hasta un punto en que lo material, el significante, se apodera del yo. El materialismo lleva entonces, como dice Ilia Galán (2018) a lo individual y a lo inmediato.

Soledad, fake news y capitalismo afectivo

La sociedad líquida de Bauman representa un horizonte de soledad en el que, como se ha expuesto, el materialismo se muestra como única salida, como una suerte de droga que por un lado mitiga el dolor, pero por otro dilata la herida. Surge en una búsqueda exasperante de anclajes identitarios reforzandose a sí mismo en un acto de ejecución performativa. La fuga a lo individual e inmediato conduce, en cierto sentido a un ritual por el que el sujeto pretende auto-nombrarse, construirse en su soledad; ante la carencia del significado en un Yo ideal emerge el fetiche para rellenar ese espacio. Estos ídolos mistificados pueden adoptar cualquier sintaxis, actualizándose en simbología que pasa así a ser de orden religioso. La historia del becerro de oro es un eco claro de ello. El pueblo hebreo está exhausto y desesperado en su huida de Egipto, Moisés, su único guía ha desaparecido y aquello que les constituye como pueblo, lo que vertebra esa comunidad -el imaginario de la tierra prometida- parece cada vez más inalcanzable. En en ese contexto en que se hacen necesarios nuevos rituales instituyentes. Estas nuevas formas, como el becerro, han de, por un lado, ser suficientemente alternativas como para que adoptarlas explique algo, y por otro lado suficientemente conocidas como para que la metonimia no destruya el signo, y de ahí tendencia hacia lo llamativo, extraordinario y diferente.

Ilia Galán se interesa especialmente en como imbrican los avances tecnológicos, especialmente en cuanto se refiere a la transferencia de información y la política, con nuestra cultura política. En este sentido, Iago Moreno (2018) publicó un artículo en La Trivial refiriéndose al caso de las elecciones de este año en Brasil, explicando como, en el caso de Bolsonaro, usar estos medios ha sido clave:

“Bolsonaro había utilizado una trama ilegal de financiación

para costear la difusión de bulos y montajes contra su

adversario en paralelo a la campaña oficial. […]. Una red

construida a partir de la combinación de páginas de

Facebook extraoficiales, grupos de difusión en abierto,

canales de Telegram para la coordinación de campañas

en Twitter, mareas de bots falsos, centenares de canales de

Youtube conectados entre sí y, sobre todo, la compra ilegal

de interminables listas de contactos telefónicos para

la difusión de noticias falsas mediante mensajes de Whatsapp”

En el mismo artículo Moreno se refiere también a la incorporación de los nuevos lenguajes y formas de época tan poco propias de una clase política que en muchos casos parece creer gobernar para ciudadanos de hace doscientos años: trap, memes, disputa de las redes sociales. En relación al éxito de estas formas, cabría un apunte que vincula la tensión pacto-contrato y  la fractura constitutiva del individuo en los términos que viene sosteniendo este artículo. Todo voluntad se funda en un horizonte y este tiene siempre necesariamente un componente emocional, si no hay comunidad, es decir, si no existe relación fundante, el sujeto tiende a lo más inmediato, concreto y llamativo para identificarse. Mientras tengamos una estructura institucional y política que no sea capaz, ni de generar las certezas suficientes como para forjar un Yo sólido, ni de apiadarse de nuestra irracionalidad nos seguiremos actualizando a la sombra de fake news y fenómenos similares. Así pues, no se combate revelando las verdades, sino generando marcos mejores, y esto no se hace, como se viene pretendiendo desde los grandes medios y los parlamentos, hablando de moderación y sensatez.

La subjetividad derivada de lo materialista se reduce hasta un punto tan mínimo que casi parece desaparecer, las certezas en la narrativa melitofilica consiguen una narración de nuestra identidad pero esta es tan parcial que se produce un proceso de hipotrofia de la subjetividad que reduce al sujeto hasta la frontera con el acto. Se es en tanto que se hace, que se expresa. De esta manera, como un tiburón, el individuo debe moverse o extinguirse. Es hacer o la locura. El capitalismo mistifica la expresión emocional como un ritual de goce que nos esclaviza (Santamaría, 2018). La libertad se vuelve una obligación de su expresión que rompe su sentido, es una forma de esclavitud, no al deseo, sino a la necesidad del mismo. El sufrimiento es percibido entonces como deber purgante, la técnica se convierte en una nueva manifestación alegórica que pasa a operar como un dios y la explotación se convierte en autorrealización, en avance de nuestro proyecto personal (Moruno, 2018). La economía es inaccesible a ojos del sujeto, pero, también para este parece operar, mediada por una suerte de sacerdotes que proclaman sus dogmas y mandatos.

El progreso es una respuesta a la incertidumbre, es la búsqueda -de unos hijos expulsados del paraíso- del retorno al falo de Dios. De esta manera su relato emerge ante la desprotección, ante el vaciamiento de significado de los órdenes otrora instituyentes. Así, la explotación actualiza en realización, porque solo se es cuando se es en la búsqueda de la propia totalidad; sentir, la única muestra de nuestro ego, se vuelve imperativo en tanto que dejar de sentir nuestro latido es diluirse. Para salir de esto necesitamos un nuevo marco de emergencia que  reconecte con una articulación sana de la subjetividad.

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