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Hay que leer más la Biblia (III): lo consciente y la sostenibilidad, horizonte ecología

El segundo testamento es el relato del regreso al signo. Jesús vino a reajustar los sentidos de las prácticas de goce. Uno de los problemas derivados de la figura del fetiche -material o ritual- es precisamente la mistificación simbólica de este cuando es separada de su significado. Jorge Bucay es un psicodramaturgo argentino que explica esta idea bastante bien mediante un cuento titulado: «El gato del Ashram». Narra la historia de un gurú en la India al que, durante el culto se le solía aparecer un gato que distraía a los fieles, de modo que ordena atarlo mientras tuvieran lugar las oraciones; ya muerto el gurú, la costumbre se mantuvo y su significante se solidifico hasta el punto de que, incluso una vez muerto el animal, los discípulos del Ashram buscaron uno nuevo; años más tarde se escribieron doctos tratados sobre la importancia de un gato atado durante la celebración de la ceremonia (Bucay, 2009). Toda alternativa debe pasar por buscar estos gatos y aprender a superarlos.

Una de las principales aportaciones de Jesús, tiene que ver con la crítica de la acumulación de recursos, muy relacionada con la idea de materialismo que se mantiene en este artículo. El cristianismo sostiene que lo material no es malo de por sí -como cualquier otra cosa- sino que su valor depende del lugar de la distancia que mantenga con su objeto. El problema es entonces la acumulación por sí misma, de la misma manera que el problema en el desierto de Sonora, era construir la torre sin más aspiración que un intento desesperado de buscar amor sin saberlo dar. Vivir con exceso, tratar de romper fronteras por el hecho de hacerlo, es muestra de una patología derivada del vaciamiento de sentido; y si esta se pretender revertir, solo se puede hacer en un retorno a uno mismo (Foster, 2001).

Adán y Eva son expulsados del Paraíso precisamente por esto, por su propia inseguridad al tratar de sobre-abarcarse, de extenderse en su Yo ideal más allá de . Pero la expulsión no es tal, en realidad es una salida sin más. El Paraíso es la representación simbólica de un estado de vientre materno, de solución orgánica y por defecto del dolor hasta un punto en que este ni siquiera es. Y el materialismo es la cristalización resonante del trauma derivado de la salida. El ejercicio de reconstrucción de la subjetividad ha de, como en el psicoanálisis, emerger este trauma al plano de la consciencia, permitiendo a aquello que ocupa el lugar del yo tomar consciencia de . Así, si se pretende tratar políticamente senda afección, no ha de hacerse en una suerte de huida hacia delante, ni tampoco de vuelta al pasado; se ha de usar la resonancia cristiana para transformar lo que hay, adaptando los contornos y tejiendo una nueva red de significantes que, desde una visión de lo patológico, genere un nuevo abanico de certezas.

Cuando se habla de ecología se producen dos principales referencias con ecos diferentes: la cuestión de la sostenibilidad y la de la libertad. La primera representa un horizonte -la destrucción tanto del individuo como de su medio- que supone la principal ventana de oportunidad en cuanto se refiere a la emergencia de lo consciente. Por sostenibilidad no se quiere decir sustentabilidad en el sentido material sino en el cualitativo. El materialismo es un dispositivo de represión de la pulsión, de camuflaje; nos lleva al engaño de “solo puedo ir hacia delante”. Frente a esta idea, la sostenibilidad nos lleva a la finitud del sujeto, a la necesidad de volver a lo reprimido para sanarlo; el freno imperativo de la auto-consumición es la única forma de volver al problema. Y en este punto la comunidad tiene mucho que ver. En la Biblia, Dios entrega el mundo a los hombres y a las mujeres, pero como conjunto, esto es, no transfiere su titularidad en términos individuales. De esta forma, lo que ocurra en este es cosa de los humanos, pero nombrados como comunidad. Algo, que tiene una cierta resonancia, lo que se hace es sembrar la semilla antropológica de unos valores articulados en torno a la idea de colectividad; es desde la articulación de estos marcos desde donde se debe operar, con estas categorías preexistentes, en nuestra subjetividad. La salida es pues la construcción, por vía discursiva en el sentido laclausiano, de un pueblo: una comunidad constituida bajo una lógica equivalencial fundada en un horizonte (Laclau, 2012). O lo mismo en marcos bíblicos: una comunidad de iguales en tanto que reflejo/aspiración a Dios. En este sentido, todo avance social es el avance de una comunidad que se postula como tal, y el retorno a la misma es así la única vía para la liberación del individuo.

En relación a lo que se ha llamado la “cuestión de la libertad”, se podría decir que supone de la misma manera la alegoría de un horizonte, pero en el sentido contrario, sea, como alternativa. Cuando desde el cristianismo se plantean determinadas objeciones en torno al deseo y al placer, no se hace -como se refería más arriba- por una negación esencialista, al contrario, a lo largo de la Biblia se encuentran muchos pasajes, como el Cantar de los Cantares, que, si bien con Dios, parecen estar dedicados enteramente al placer. La objeción es más bien con la alienación, en el otro, de la subjetividad en lo que se pretende como libertad. Se es libre cuando no se es esclavo del placer. Y lo mismo, en forma más grave si se quiere, ocurre en el caso de los rituales de goce materialista. El goce derivado de dichos rituales no está, de hecho, en el placer, sino más bien en lo contrario: en el sufrimiento. El ritual fetichista, lato sensues, es el ritual de vindicación del pecado original (Andrade, 2004) . Nos vuelve esclavos del acto, de la propiedad, de una búsqueda infinita en un ejercicio de demostración de nuestro valor, es decir, de demostración del yo.

La solución de estos imaginarios, del regreso a la comunidad, supone también una vuelta simbólica a “vivir con lo necesario” -en tanto que ya no hay razón para no hacerlo-. Configura de esta manera una nueva cadena de significación que, con las nuevas formas y viejas resonancias, resignifica el cuerpo social. 

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