Carta de despedida a Inés.

He necesitado empezar diez veces esta carta para darme cuenta, al fin, de por qué me cuesta tanto escribirla. Había pensado que quizá fuera porque no tenía nada que decir, por inseguridad al sentir que no seria suficiente para ti, por no saber elegir… Pero, en realidad, el problema es otro. Se trata, simplemente, de que esta es una carta de despedida y yo no quiero decirte adios.

Nunca pensé que decirlo, que separarme de ti, fuera a ser tan… amargo. Sabes que no me gustas, este sentimiento no tiene nada que ver con el amor romántico, ni nada “paregil”, pero eso no significa que no sea amor, y yo, te quiero.

Hasta conocerte, mi esquema de amistad era diferente. Por un lado estaba Daniel, que, bueno, es Daniel, y luego le seguía, más abajo, otra gente… Alberto, Santiago, Ingrid… Y, a parte, otras figuras que ya conoces como Ana (a la que mola mucho que des likes en Instagram), o Thalía. Digamos que tenía las categorias de: “mejor amigo”, “amigas normales” y “gente deseable”. Ahora, hay un categoría más que es “Inés”. Con Daniel, siempre –y más últimamente- he podido hablar de todo, y es cierto que no hablamos sólo del Perfeccionimo Antropológico. Nos importamos mutuamente y hablamos de lo personal, tengo plena confianza en él. Pero contigo es difente, creo que es, en parte, porque siento en ti un grado de humanidad que él no tiene. Tu entiendes que la intelegencia va mucho más allá de la lógica, lo que hace que la relación sea totalmente diferente.

Recuerdo cuando repartíamos propaganda en el Sauzal, cuando fuimos al acto en El Puerto, las primeras conversaciones por Skype (y sus consubstanciales enfados de mis padres por estar con el ordenador a esa hora), tu clase de maquillaje… Y la verdad es que ha sido un viaje muy rapido, conozco a mucha gente y a pocas he llegado a considerarlas amigas, nunca pensé que alguien pudiera entrar ahí tan rapido, y menos, hasta donde lo has hecho tu. Solo te diré, para que te hagas a la idea, que un año he ido a la playa dos veces, una contigo.

Ahora solo puedo agradecer. Gracias por aparcer, gracias por aportar a mi Instragram un monton de fotos guays, por (no se muy bien como has hecho esto, pero según te he ido conociendo, más claro lo he ido teniendo) ayudarme a definir me sexyalidad, por prestarme tu palo de seilfie. Te agradezco que recogieras tu habitación cuando fui a visitarte, que me soportes sin camisa en Skype cuando hace calor y que te sentaras en mi iPad cargandote despiadadamente su pantalla, conviertiendome así en cliente VIP de la tienda de reparaciones (bueno, eso no, pero al menos salieron de ahí unas cenas interesantes). Vamos, que te agradezco que hayas compartido unas pequeñas partes de tu vida conmigo.

Me he fijado que desde que te conozco me salen muchas más palabrotas y eso me tiene bastante preocupado, como vengas a Madrid acabaré hablando como el Pablo, nah bromi. En realidad tengo bastantes ganas de que vengas a Madrid, no neceriamente a vivir (que, oye, aunque hagas ruido al dormir, molaria mucho compartir piso con Adrián y contigo), sino en algun momento del curso que viene. Me hace bastante ilusión poder llevarte a la gatoteca, pasear contigo por el retiro y enseñarte la ciudad –que a esas alturas  ya conoceré-.

Cuando me vaya, siempre tendrás aquí a tu “suegra” (que ahora mismo se encuentra preparando la comida del último día), a la que le hace mucha ilusión poder quedar contigo sin su pedante hijo molestando.

No es ningún secreto que, en el fondo, simpre he sido muy podemita, así que me parece bastante adecuado usar la logica de podemos para cerrar esta carta. Ellos dicen que nuestra patria es la gente. Tu me dijiste (refiriendote a Canarias) que no sólo somos parte de la patría, sino que la patria vive de alguna manera en nosotos. Tu eres de mi gente, y quiero que sepas que hay una parte de ti, que siempre vivirá en mi. Te quiero.

Agur y eso, que ya nos vemoh.