Sobre mi experiencia en la UJCE

Esto lo escribí para la publicación “Un nuevo País” de IU Santa Cruz de Tenerife.

Es complicado decidir qué decir porque, en el fondo, las juventudes es muchas cosas a la vez. Lo empecé a entender un día al llegar al local después de pegar carteles para el 26J. No recuerdo muy bien cómo llegamos ahí, pero cuando me di cuenta llevábamos varias horas debatiendo sobre feminismo y violencia organizada. Me resultó curioso, tengo, claro, opinión sobre estos temas, pero rara vez he tenido oportunidad de discutirla abiertamente y eso es, precisamente lo que significa estar en las juventudes.

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Bibere humanum est, ergo bibamus

Hoy me he levantado con mucho miedo, miedo no tanto de lo que pueda hacer el nuevo ganador de las elecciones -a quien hasta cierto punto más o menos conocemos- sino de la gente. Me he levantado con la esperanza perdida y terror, un profundo terror. Esta mañana publicaba en Facebook: “votar al PP es enaltecimiento del terrorismo”, y así lo veo. Votarles es decir que lo de Rita no es para tanto, que al final la fruta acaba por pudrirse, pero que seguimos tomando la compota, es legitimar el uso partidista de lo de todos, es decir a una organización mafiosa (o así lo han dicho recientemente los tribunales): queremos que nos gobiernes.

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Violencia y democracia

Nunca he sido un gran fan de la democracia, mucho menos del parlamentarismo burgues. Ahora bien, resulta evidente que para que ésta (la real) exista -además por supuesto de anular el potencial chantaje del capital mediante la nacionalización de los sectores que permiten el normal desarrollo de la res publica- es necesario algo muy importante: poner fin al monopolio de la violencia que tradicionalmente el estado tiene en las (ahora post)monarquías europeas. Y esto se consigue, naturalmente [re]distribuyendo la violencia potencial. En este sentido -y entendiendola además como uno de los elementos necesariamente constitutivos del poder como estado- no sería de extrañar que cualquier demócrata defendiera la normalización de la violencia al estilo de la segunda enmienda.

Habrá quien diga que el único resultado de este derecho es el de repetidas masacres en los colegios, yo le respondería que el problema no es del derecho sino de lo enfermo de algunas sociedades, y que le pregunte a las Panteras Negras de lo que les sirvió cuando entendieron que debían usarlo como propio. La virtud de un estado democrático es cuestionable, lo que no lo parece tanto es la imposibilidad del mismo si el poder no es reclamable por el “demos”. Ya me gustaría a mí haber visto a Wert, a Montoro, al mismo Jefe de Estado o a algunos de los pparlamentarios proponiendo o comentando ciertas cosas (“Qué se jodan” , gracias señora Fabra, admiro su talante democrático) sabiendo que la gente podría responder, y es que es en ese poder, en el de respuesta y control en que consiste la Democracia. Porque al final, más allá de las muchas estupideces que nos muestra lo hegemónico, la cosa va de si tienes poder real, o no, y sin armas, no hay poder.

Lógicamente preferiría un escenario el que éstasno existieran, pero claro, en ese caso tampoco el estado las tendría. También habrá quien diga que es razonable que el estado (gobierno) en tanto que no es sino un elemento representativo de la soberanía popular, debe disponer de ciertos elementos para sustentarse, (¿entonces cuando la violencia emana del estado se es justa?, seguramente el Sr. Felipe Galzález diría que sí, pero tampoco es que el hombre un gran dechado de espíritu democrático). Como yo lo entiendo el gobierno no ha de ser sino un servidor que refleje la voluntad de su amo, su dictador, la gente. Y tradicionalmente a los sirvientes, no se les da más poder que el que tienen los amos.

Terrorismo

Esta es una reflexión dura, desagradable, ácida, pero que me parece importante compartir. La mayoría de los conflictos derivan de una situación opresor-oprimido, de ese modo, no se puede equiparar la violencia del uno con la del otro. Esto no es sino la expresión desesperada de un problema político tremendamente complejo. Y en este caso, lo que ha hecho el oprimido es inmoral e injustificable. Es verdad que esto le hace perder la razón, con todo, creo que si de verdad queremos solucionar algo, hemos de preguntarle ¿por qué? Hemos de ser capaces de mirarnos, como pueblo, y decirnos: ¿qué hemos hecho mal? Aciago lo que ha ocurrido, pero responder con más violencia, o con barreras, con racismo, o recortando libertades, no hará sino empeorarlo todo. La única salida a esto es trabajar juntos, viéndonos como pueblos hermanos, como iguales. Para lograrlo debemos liberarnos de la “superioridad moral” de la que nos dota lo avanzado de nuestra cultura y mirar a nuestros compañeros como nos miraríamos a nosotros mismos. Mirando, no a locos desalmados que disfrutan poniendo bombas, sino a nuestros acompañantes de biografía y sentimiento, a (y de esto es muy importante no olvidarse) seres humanos.