Dios no ha muerto, es un fantasma

Está claro que no es necesario que Dios exista para que funcione, ni si quiera creer en él, suele bastar con haber creído o simplemente vivir rodeada de creyentes. Pero, a veces, Dios se rompe.

He pasado los últimos años tratando de deconstruir intelectualmente todo cuanto me ha sido posible. No ha sido, en general, complicado. Suele resultar, de hecho, sencillo aislar actos y representaciones de símbolos, entender que tras el comportamiento no hay sino un significante que apunta de nuevo a otro significante y así seguidamente. Obviamente el sexo, los valores, la evolución, el sujeto o el placer que eventualmente puede producir una comida son, en distintos niveles si cabe, construcciones discursivas.

Lo esencial no radica en darse cuenta. No hay que creer, de hecho se puede pensar racionalmente que algo no existe, y ese algo seguirá operando. El problema es cuando ese algo pierde su hegemonía, cuando no sólo se comprende, sino se asimila que Dios no existe. No es un proceso consciente y se producen tensiones, y en esos choques de fuerza estoy.

Llevo meses sintiendo cada vez menos. Es como si todo se tratara de una suerte de fantasma, como si las cosas no tuvieran valor en tanto que sí, sino porque conectan con un símbolo también fantasmal. Y de hecho, es así. El problema es cuando lo vives. Podría decirse, es cierto, que la necesidad de dotar de sentido -que es, en el fondo, gran parte del problema en la ruptura con el símbolo, del vaciamiento de significado- es una construcción, que las cosas no han de tener sentido. Y no es falso, pero, ¿y entonces qué?


Muchos son católicos sin creer en Dios, podría decirse que, en cierto sentido, Nietzsche se equivoco. Él suele ser la respuesta, el último recurso cuando ya no queda nada a lo que agarrarse. Dios es la costumbre de que las cosas son en sí, es el paraqué, el símbolo. Recuerdo discusiones en torno a la limpieza, a los valores o al bien, elementos que, para mi, claro, no existen en las que los sujetos que interpelan (suelo ser el interpelado), sin ser conscientemente creyentes, demuestran su fe. Cuando he discutido durante horas con alguien a cerca de por qué se ha de limpiar una casa o por qué no “se debe” (xlol) matar a alguien, el último argumento apela al bien o al “como son” o “deben ser” las cosas. Quizá no en un sentido directo. Se argumentaría que si no se limpia una casa esta seguirá almacenando suciedad, o que el orden es importante en tanto que “funcionamos mejor con él” o “en él estamos más relajados”. Me recuerda a la gente que en clase de biología preguntaba “¿y para qué le sirve a tal cosa a tal animal?, evidentemente ninguna ha entendido nada. La primera apelación dice: “hay que quitar la suciedad, porque si no la quitas habrá suciedad -sólo que más la segunda vez- “. A lo que cabría responder, ¿y cual es en sí el problema, que te molesta? ¿Si te molesta, por qué lo hace, porque está sucio en tanto suciedad o en tanto formulación “está sucio”? En cualquiera de los dos casos la suciedad o el hecho de que este sucio refieren a símbolos fuera de si mismos. Igual pasa con el orden, y si funcionamos mejor o estamos más relajados es por la construcción simbólica respecto de este. Pasa igual con la evolución: un pájaro no tiene el pico más largo para llegar “allí”, sino simplemente lo tiene y lo utiliza para eso, tenerlo es el resultado de un juego genético aleatorio y que lo pueda, a posteriori, usar para eso, es lo que le ha asegurado poder comer determinadas especies y por ende, la supervivencia -suya y de su rasgo-. En cualquiera de los casos, si nos damos cuenta, se descartan las explicaciones funcionalístas, finalistas… esas que se mueven en la falsa tensión entre ilustración y catolicismo.

Con esto no quiero decir que haya que dejar de limpiar y recoger las casas o que “debamos” (JAXLOLx2) de dejar de mantener relaciones amorosas. Sólo pretendo decir que estos actos y costumbres vienen antes de las categorías contingentes que les pongamos (o no), en ningún caso responden a un fin. Lo bueno de Dios (a parte de que cuando una paloma te caga en la cabeza no te puedas cagar en él, es Dios el que se ha cagado en ti) es que no tiene que existir para que funcione y lo guay de nuestros rituales de goce es que los podemos repetir aun sin que exista el símbolo que los sostiene. Siempre y cuando el fantasma sea lo suficientemente opaco.

Hay quien se burla de los aficionados al futbol o a Sálvame. Hay quien piensa que esas personas se deberían centrar en lo auténticamente importante, que puede tener mil nombres. Yo le diría que desde el mayor aficionado del PSG hasta el más residual militante de el PCPE (o Podemos, que a este paso en poco tiempo tampoco habrá mucha diferencia) no hacen sino construir pene. Cualquiera de las dos dedicaciones sirve únicamente como manera de (por diferentes vías, canales, e intermediaciones) buscar el tacto de símbolos que les expliquen quiénes son y deben ser, qué deben hacer, cómo se deben sentir y para qué. Todas buscan sus paraqués. Hay quienes dicen que la religión es el opio del pueblo mientras colocan la alfombrilla del baño sobre una barra de metal donde esperará hasta la próxima ducha porque “ese es su sitio”. Se habla mucho últimamente de que la construcción de la identidad es en base a demandas, y de que, en ente sentido, la izquierda ha sido históricamente elitista al priorizar “intereses objetivos” -si te quieres hacer el guay demandas, y se eres anarca de Somosaguas “frentes” (JAJAJA, esta palabra parece de La Juve). Es algo indiscutible, pero creo que también cabría hablar de el elitismo en torno a búsquedas del sujeto.

Volviendo un poco, lo que pretendo en ningún caso es una crítica a quienes viven de determinada manera, sino una apelación a que así lo hagan. Entiendo que lo más -digamos a falta de una palabra mejor- “racional” y, afortunadamente menos “ilustrado” es vivir de la manera que más goce nos produzca. Esto, mal interpretado, se podría leer como una apelación al hedonismo, pero, en el fondo no es tal de una forma mayor de la que lo es a Kant, a la vida cristiana o a comer hormigas (tampoco es que haya mucha diferencia intelectual entre Kant y Flik, pero bueh). Si alguien sigue una vida tradicionalmente hedonista, el goce podría estar más o menos claro (aunque es más complejo que eso). Y en el caso de Kant o la vida cristiana, el goce es, en parte el mismo… actuar conforme a deber, en tanto que este deber es bueno, no pecar, procurar la comunión con Dios (no atragantarse con la galleta y esas movidas, es broma). Todas ellas son formas de autorreferenciarnos, de contarnos quiénes somos, para qué existimos, de decirnos que nuestra madre nos quiere, y por qué (debemoh) hacer lo que hacemos… de contarnos, en definitiva que él símbolo es real.   #construirfalo.

De ahí lo del elitismo en torno a búsquedas del sujeto. Ser conscientes de que una forma particular de intentar tocar el límite de la pendiente no hará que las pendientes toquen su límite -de hecho, serlo de que en ningún caso una pendiente tocará su límite-, no hace que pierda fuerza la ilusión de quien sigue metiendo valores cada vez más altos en su calculadora para ver si consigue que la pendiente y su límite se toquen.


En mi caso, y por eso hablaba de tensión, ocurre lo siguiente: lo que he roto no es la capacidad de una doctrina concreta de explicarme cosas, sino el marco de conexión entre el significante y el simbolo. Obviamente ocurre de forma tremendamente muy limitada, pero si en alguna forma. Las cosas me siguen diciendo quién soy, aunque cada vez menos. Además -este es el otro lado de la tensión- me muevo un escenario en el que las explicaciones son necesarias (JAXLOL) y el en que ese otro que explica las cosas, son las cosas. Pero estas cada vez me explican menos cosas.

Claro que todo continua operando en mí, sigo siendo dependiente emocionalmente y me siento bien desempaquetando un regalo. Si pienso en quemar a un mendigo por la noche me siento mal, no robaría a mis padres, y me pone construir imaginarios colectivos, pero todo esto es menos intenso cada día.