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El muro nunca fue contra México, fue contra Hillary

Entendiendo ‘lo político’ como aquel espacio de construcción de antagonismos, es decir, de definición del ellos-nosotros, resulta central cercar cual sea ese afuera constitutivo que refleja la identidad del pueblo. Como todo ellos, nunca va a ser un conjunto limitado y concreto de sujetos, aunque sobresalgan referentes simbólicos, sino un espacio amplio, más o menos determinado, y siempre vacío de sentido. El quiénes sean esos que no somos nosotros irá íntimamente ligado a la particular forma de rellenar los marcos vacíos de sentido que significan qué sea lo que nos duela. En este sentido, el ‘no pueblo’ de Trump sería, de alguna forma, aquello que no es ‘los americanos’, la parte que imposibilita la solución orgánica y por defecto de los dolores de los populares. Dicho de otra manera, aquellos sujetos políticos que, en el reparto simbólico resultado de la batalla de significación discursiva, reciben unos intereses que chocan con los del todos.

Uno de los referentes del imaginario del dolor y la insatisfacción con el sistema (como aparato de solución de demandas), era el Cinturón del Óxido. Otros, igualmente centrales tenían que ver con la globalización, la inseguridad, esa falta de importancia de Estados Unidos en el mundo u ObamaCare. En el discurso de Trump sendas afecciones mantienen un mismo denominador común, el abandono del pueblo por parte de unas élites con agenda propia.

Una parte fundamental de la ampliación del ‘nosotros’, tuvo que ver con la inclusión en el pueblo de los ciudadanos, tiempo atrás denostados, de los Flyover States. Y ahí está muy claro quienes no son. No son, ni la costa este, ni la oeste. Ni aquellos que, enajenados del pueblo y la realidad dirigen el rumbo político de EEUU, ni las élites económicas y tecnológicamente dirigentes que miran con desprecio a la mayoría. No son, ni Washington, ni Apple. Cuando se habla de tratados de libre comercio, de nuevos modelos económicos o de desarrollo sostenible, no se está (o así lo entiende este discurso) hablando a las mayorías del centro del país. Acuerdos como el TTIP vienen redactados de una costa para la otra, Obama firma los tratados y Bill Gates no paga los aranceles. Estos tratados, como el que se mantiene con México, que permiten desviar al otro lado de la frontera una gran parte del proceso productivo, hacen posible, explica Trump desmontar la industria americana, una agenda con unos beneficiarios muy concretos que poco tienen que ver, desde luego, con la gente común. Ocurría de la misma manera con el cambio climático, el freno a la industria americana que suponen las políticas de control no hace sino reducir la capacidad de producción. Esta forma de explicar la globalización o el ecologismo no es la única, puede de hecho, que no sea esta la intención de la clase gobernante, y, pese a ello, opera políticamente.

Para que una explicación cale ha de contener, como mínimo, una parte de verdad, o algo que sirva para que sea vivida como cierta por una buena parte de la población. Hay ideas que, en ocasiones, resultan difíciles de explicar, pero otras que se explican solas, y esto es en parte lo que ha ocurrido. Clinton. La candidata demócrata es la que mejor ha sabido explicar a los americanos lo que es el establishment, ella misma. Es una figura que encarna el discurso que Trump desarrolla en torno a las élites. Alguien que ha ocultado una enfermedad, que ha usado, negándolo, los medios públicos para fines privados (caso de los emails), que ha vivido la mayoría de su vida de lo público y que desconoce, en definitiva, cómo vive la gente normal. Y aquí también entra el discurso. Hay países en lo que lo deseable es tener gobernantes formadas y con una amplia experiencia, algo que fue, en el caso de Hillary Clinton, un problema. Se aprecia perfectamente en los dos principales debates de la campaña. Incluso la forma de hablar de la candidata demócrata dista de la de un americano promedio. Esa materia prima, que podría haberse significado políticamente de forma favorable, fue narrada por Trump como una muestra de su distancia con la mayoría.

Y es que una parte muy gráfica de el ‘ellos’ está ahí. Una gente que habla raro, ocultando, de forma políticamente correcta, a la debemos que leer entre líneas, que no nos conoce… Hay, en este sentido, una serie de elementos que se han conseguido disputar hasta hacer cambiar el sentido común. Otro ejemplo de ello es el caso de la ‘corrección política’. Mientras que podría entenderse que esta es resultado de las luchas de las gentes de abajo, ha pasado a significarse como una herramienta de estas mismas élites que se alimentan del pueblo. Trump usa la corrección política para representar el freno simbólico a la posibilidad de articular, o incluso concebir, una serie de demandas por parte de los de abajo. Supo politizarla, darle un valor en el tablero a algo que no se consideraba siquiera ficha y que el resto admitieran la disputa, seguía así una batalla por el sentido.

Mucho se ha acusado a Trump de establishment y oligarquía, pero lo que signifique eso está ontológicamente vacío, más allá de señalar lo que no es el todos. Lo que permite una construcción de sentido en la que incluya a la que fuera senadora, y no a Trump. Así, el ahora presidente, no fue, en sentido ninguno, establishment, en tanto así lo articulara su discurso y este fuera, como fue, exitoso.

Si el Cinturón del Óxido fue el símbolo de la impugnación, el muro es el de la institución, el de la esperanza. Ya se ha explicado a la gente que, pese a que no puede más, la clase política se niega a solucionar lo que ni siquiera considera un problema. Ahora queda generar un imaginario colectivo, siempre simbólico, en el que el pueblo nuevo se pueda proyectar. Punto en el que entran dos elementos centrales: ‘muro’ y ‘México’. Y es importante separarlos. Tradicionalmente se ha hablado en muchos análisis de una suerte de “doble anti-pueblo”. Se trata de una forma, bastante discutible, de ver a Trump como alguien que engaña y al pueblo como una masa idiota. Según estas perspectivas sería necesario generar artificiosamente una suerte de enemigos del pueblo, uno interno y otro externo, que serían siempre construcciones ficticias hechas para alienar de que sea ‘lo real’. Por supuesto, para la visión de este existen, y es central, antagonismos, pero no son mascaras de una realidad anterior, sino el resultado de la articulación de un discurso que genera en sí, partes. De la misma manera, el sujeto antagónico –ese afuera que nos constituye- es parte de una comunidad mayor en la que el ‘nosotros’ también se integra. El pueblo es ese ‘plebs’ que, en una comunidad, dice ser el único ‘populus’ legítimo, es decir, esa parte del todo (nunca total) que reclama ser en sí interés general. Sea, no nos definimos como pueblo en base a que no seamos mexicanos, sino como aquellos enfrentados a los que permiten a éstas destruir nuestra comunidad.

El muro refiere así a la solidificación en el registro simbólico de las demandas de la mayoría, mientras que México es simplemente un mal. El «ellos» nunca fue México y el muro siempre fue contra Hillary. Es una medida para protegernos de sus políticas, de su abandono. Evidentemente en tanto la inmigración mexicana, por un lado, y su industria de sueldos bajos por otro, son elementos dolorosos para el pueblo americano, existe una distancia, pero esta no es antagónica en la construcción política americana. Sí lo sería así en un contexto internacional en el que ‘habitantes de los Estados Unidos de América’ y ‘habitantes de los Estados Unidos Mexicanos’ fueran –también discursivamente- sujetos enfrentados. Es decir, para el caso de este análisis, el ‘antagonista’ es esa entidad vacía que representa la oligarquía, y México un dolor más, pues no se enfrenta a los intereses del pueblo en ese espacio de definición nosotros-ellos. Así el muro es lo que sirve para explicar: ellos no han hecho nada para que este problema deje de doler, esta es nuestra solución. Eso no quiere decir que México no ataque a los intereses del pueblo, simplemente que lo hace en un espacio de construcción de un ‘lo político’ diferente y que, en este marco, significa otra cosa.